Textos

Un día después en el presente

drj

Me gustaba pensar en el David Bowie más privado, el David Bowie de visita en el supermercado, el que hacía fila en los teatros, el que salía a pasear por el parque con su hija, un David Bowie en el pasillo de una librería con dos o tres libros recién comprados, el Bowie coleccionista de zapatos, el que disfrutaba los conciertos de bandas nuevas solo para llegar desde la segunda canción y dispuesto a irse antes de la última. Me gustaba pensar en el alivio de David Bowie al saber que no era reconocido en la calle. Me gustaba leer acerca de esas apariciones que solo servían para confirmar que la cotidianidad de Bowie no era la de un visitante de otro planeta ni la de una escurridiza estrella de rock, un Bowie que solo era un Bowie como una cara más en la multitud. Me gustaba pensar en la quietud de sus últimos diez años, en su sorpresa al verse al espejo en las mañanas, más cansado en un cuerpo agotado que lo llevaba a la puerta de nuevos personajes para las letras repasadas. Me gustaba imaginarme en la cotidianidad viva de David Robert Jones y en las historias inventadas acerca de esa persona que escogió las capas de la ficción como ese territorio para preguntarse por su trayectoria artística y desde la ambigüedad inventarse una forma de leer su mundo. Pero de todos los caprichos de admirador, me gustaba pensar en los más comunes ingredientes de su curiosidad, en las ideas más inmediatas de su creatividad y en la urgencia de su sensibilidad. ¿Qué nuevos libros abría? ¿Qué nueva música le emocionaba? ¿Qué películas, musicales y piezas teatrales lo seducían?

Hay un lugar imaginado al que hoy llamo mi verdadera universidad. Ahí aparecen unos pocos nombres que me han inspirado, más desde la duda de desde las certezas, y a los que puedo reservar la admiración más cristalina. En esa suerte de altar aparecen tres músicos contemporáneos: Bob Dylan, David Byrne y David Bowie. Ayer, al saber de la muerte del último, supe que se escribía el último capítulo de un libro para ese anaquel y que ahora, sin juicios tan apresurados, podrá ser leído con calma y entendido en su totalidad como uno de los episodios más luminosos de nuestra época. Cada vez más, cada vez mejor, y entendiendo la ruta de sus inquietudes, las preguntas que se hacía y las respuestas subterráneas.

Siempre admiraré a Bowie como un único color, completo e inagotable dentro de esa caja de lápices que he usado para fijar un itinerario de búsquedas y aprendizajes: el montaje, sus fachadas, sus guiños y trucos, los clichés de su carrera, la mitología de sus estrategias, la miseria de sus equivocaciones. Además de la superficie del deleite visual, de su cautivadora forma de actuar y de la elegancia de sus decisiones, me sumo a aquellos que definen a Bowie más por sus curiosidades intelectuales que por los aspavientos de su simbología de estrella del rock. Cada idea, cada canción, cada disco, y muchas de sus interpretaciones, videos o entrevistas, funcionan mejor si se entienden como un engranaje entre ideas de otros que vinieron antes y aquellos que están por llegar. Así funcionaba para mí, como una enciclopedia que amarraba conceptos, los procesaba, tendía puentes y reinterpretaba, un pivote en el que incluso hoy descubro nuevas formas de armar un rompecabezas de sonidos, imágenes y texturas, nuevas maneras de relacionarme y celebrar la música, las artes visuales, el diseño, la danza, la moda y el teatro del Siglo XX e inquietas maneras de relacionarme con lo que comienza a respirar el XXI. En retrospectiva, me doy cuenta de que siempre quise entenderlo como esa enciclopedia con la que aprendí a ir más hondo en la historia musical del rock y el pop que no me pertenecía generacionalmente. Gracias a él pude nadar con puntos de referencia en el minimalismo del art-rock de los 70’s, en Kraftwerk, en todo el mar musical de proto-punks, de la new-wave, de los post-punks, de los sacerdotes plásticos del funk y el soul, de Eno, de Klaus Nomi, Neu! y Pere Ubu, y también como punto de medida y quiebre para apreciar en sus posibilidades a músicos tan distintos y ricos como Elton John, Robert Smith, Marc Bolan, Bryan Ferry, Trent Reznor o Blixa Bargeld. Pero también, admirando su curiosidad tan permanente y ese interés por conocer del pulso de la música más actual, de colaborar y trabar amistades con músicos más jóvenes, pude entender de ese ruido auténtico y eterno que se extiende y extenderá por mucho tiempo más en nuevas bandas. Tuve que conocer a un Bowie silencioso y crecer con él y lo que habían sido sus hazañas del pasado, y por eso aprendí que, aún cuando él ya no estuviera creando su propia música (hasta aquel regreso en el 2013), habría que seguir admirando las inmensas posibilidades del sonido que había dejado, los puntos de encuentro y las puertas que había abierto para leer a Arcade Fire, Beach House, Grizzly Bear, Deerhunter o Animal Collective, e incluso para disfrutar la comodidad que a veces hace que existan cantantes como Lady Gaga o Janelle Monáe y entender que hacen parte de ese ecosistema, bien para romperlo o bien para fijarse en él como notas al margen de una misma historia. Ese era el Bowie que me gustaba admirar, el curioso que incluso hasta el último momento, según Tony Visconti, se la había pasado escuchando a Kendrick Lamar para dar con las tácticas de sonido de su último álbum. Bowie tenía esa habilidad —bien aprendida de los intercambios artísticos en los que participó en los 60 y 70— de verse en el espejo de las manifestaciones más ingenuas de la cultura popular y calcular su el potencial artístico más dinámico y contundente, a la vez que coqueteaba con los discursos más elaborados del arte para llevarlos a convivir con la masificación y, allí, ser creativamente brillante desde el lugar común.

Esa idea del movimiento perpetuo de las ideas, esa mirada al arte como una conversación permanente en la que, ya para nuestro tiempo, tal vez no haya una línea que marque un pasado o un futuro. Es por eso que dudo de los comentarios que, con toda la prisa del duelo, nos dicen que no volverá a haber alguien parecido o que es la despedida de la mejor música, ideas que me incomodan porque así como Bowie pudo echar mano de esos hilos de su época para reinar, en el presente alguien puede tratar de construir un futuro y elaborar nuevos recursos sobre el deseo a partir de la mirada a sus contemporáneos y las relaciones que pueden tejer con todo lo que estuvo antes (incluyendo ahora a Bowie).

Something happened on the day he died
Spirit rose a metre then stepped aside
Somebody else took his place, and bravely cried
(I’m a blackstar, I’m a star’s star, I’m a blackstar)

Un día antes de su muerte pensé en la coherencia temática de su trabajo, en ese acercamiento tan profesional a la hora de escoger unas temáticas, hacerles suyas y volver sobre ellas con nuevos enfoques. Mientras escuchaba lo que había traído el Blackstar, alcancé a juguetear con la fanática y fácil idea de una selección musical que comprendiera todos esos momentos en los que las estrellas, los paisajes cósmicos o los seres del espacio exterior se vuelven personajes recurrentes. Y descarté esa golosina casi de inmediato porque recordé que en Bowie todos esos elementos son apenas instrumentos superficiales para elaborar una narrativa más amplia, más sospechosa y misteriosa en la que se habla de la ansiedad y la desesperación, un lienzo en el que las respuestas más contundentes no se dan como obviedades sino que despiertan poco a poco, como trampas sembradas en sutilezas. Cuando recordamos las entrevistas que le hicieron a Bowie en sus primeros años, o cuando pensamos en su ausencia de la última época, alcanzamos a ver esa idea de la contradicción como único movimiento posible en un mundo de inercias, de la duda como dinamitador de preguntas inútiles, de las respuestas que alimentan a la ficción y aún así apuestan por algunas verdades, de ese juego de amor por la literatura que tantas veces dice una cosa queriendo decir la otra. Hugo Pratt dijo esto un día: “las mejores respuestas se dan cuando no hay preguntas“, una frase que vino a mi cabeza como un lente preciso para entender el juego detrás del último álbum de Bowie y de las decisiones con las que rompió y volvió a armar muchas piezas de su carrera. Es por eso que la última canción de ese canto de cisne que es el Blackstar cierra así, con una respuesta que pone luces sobre muchos momentos de su carrera:

Seeing more and feeling less
Saying no but meaning yes
This is all I ever meant
That’s the message that I sent.

Aparecer para desaparecer, decir más con el gesto que con las acciones directas. Entender la riqueza de Bowie desde su inventario de recursos teatrales es entender también su permanente voluntad artística de ubicarse sobre un tiempo y un espacio concreto, a la vez que su absoluta devoción por los matices en una sociedad que parece querer desecharlos y simplificar las decisiones. En Bowie está ese camino que existe para configurar una identidad posible a partir de las contradicciones, a partir de la compleja negación que se deleita porque, en su quehacer compulsivo, solo quiere decir y reafirmar su profunda conexión y preocupación con el mundo. No del espacio exterior, no de otros mundos sino con este en el cual estamos. De eso me hablan muchas canciones de Bowie, de esa posibilidad sin límites de la reinvención de la identidad y de ese poder de la negación irónica para confirmar la capacidad de seguir adelante. En la música de David Bowie, más que un escapismo hacia la soledad, está una idea más poderosa y cíclica de la esperanza de transformación de las ideas, sin recurrir a la nostalgia, y de cómo, en nuestras singularidades, no estamos solos.

Oh no love! you’re not alone
You’re watching yourself but you’re too unfair
You got your head all tangled up but if i could only
Make you care
Oh no love! you’re not alone
No matter what or who you’ve been
No matter when or where you’ve seen
All the knives seem to lacerate your brain
I’ve had my share, I’ll help you with the pain
You’re not alone

La estética de Bowie es la estética de una utopía que imaginó nuevas intensidades y formas para el goce, todo hilado por la tensión de la imagen, con el don de un nuevo sonido y una nueva visión. En el riesgo de sus decisiones, en la imitación como recurso para expandir una idea, en su incansable deseo de conocimiento, en su invisibilidad presente, en los grises que soportaron todos los colores de su identidad, me gusta ver al hombre tan común que supo hacer de su vida un intercambio de escenarios, un juego de sorpresas que cierra con un último acto calculado, tan macabro y dichoso para alguien que, como un estudiante avanzado de las soluciones imaginarias y las leyes que regulan las excepciones de la realidad, abrazó al teatro y la acción artística como una de las orillas más importantes en su vida. Alguien que se sorprendía por ir más allá quedándose muchas veces en el mismo lugar.

Me gustaba pensar en el Bowie más mortal, en la escenografía más común, en la virtud de las despedidas.

Al final, después de un largo sueño en el que veía caer el telón, desperté para escuchar la música que todavía estaba ahí.

————————————————————————————————————————————–

Aquí un Bowie personal; un itinerario de 30 canciones que celebran a David Bowie en sus distintas etapas. No se trata necesariamente de un listado de las más icónicas o las más influyentes o exitosas, es simplemente en legado de postales que me gusta compartir para escuchar los matices que dejaron 50 años de camino.


por:
Ene 12, 2016

Comentarios