Textos

El inefable McCartney

El lunes 26 de marzo de 2012 a eso de las diez de la mañana ya sabía que el 19 del mes siguiente cumpliría una cita con mi vida. Mi hermano, el dulce Andrés Wolf, me llamó para avisarme que ya teníamos las entradas para ver a Paul McCartney en Bogotá; a través del sistema de preventa había comprado la segunda localidad más cara, Occidental Baja, pero quizás por la prisa o confiados en que el sistema seleccionaría un buen par de butacas, tarde nos dimos cuenta que nos había arrojado la primera fila pero del sector más lejano posible. Ni modo, pensamos. Así también lo disfrutaríamos.

Como la gran ceremonia que sería, Wolfie y yo nos preparamos, sin exagerar, para pasar uno de los eventos más preciados de nuestras vidas. Ajeno a esa idea de vestir prendas alusivas al protagonista de la noche, no compartí la idea de mi hermano de comprar camisetas para ese día; pero insistió tanto que terminó por convencerme para que me dejara regalar una preciosa camiseta estilo vintage con el logo impreso de la gira ‘Wings over America’. Yo por mi parte, previendo que llovería a cántaros, compré dos impermeables tipo gabardina para evitar cualquier molestia. No imaginábamos que dichos impermeables se quedarían guardados todo el bendito día.

La mañana entre trabajo y fantasías se fue volando tan rápido como afloraban los nervios, que después de casi un mes dejé libres. Pasado el medio día, entre soleado y nublado, me encontré con Wolfie para almorzar. Él una bandeja paisa, yo una igual pero vegetariana, en un restaurante a pocas calles del estadio.

Mientras llegaba una hora decente para ir a hacer la fila, tomamos café y caminamos por el centro comercial aledaño a El Campín buscando unos binoculares que nos permitieran lo que no pudo el sistema de preventa: ver bien. Una vez conseguidos estos y luego de un amago de lluvia, caminamos hacia el estadio franqueado un considerable número de vendedores ambulantes que nos ofrecían bufandas, botones, camisetas, manillas, afiches y librillos, todos alusivos a los Beatles o a McCartney, algunas cosas bonitas otras muy feas. Todas caras.

En la fila del extremo sur mi hermano fue encontrándose con sus compañeros de trabajo mientras yo contemplaba fascinado a la gente que apuraba el paso y se escondía en vano de una llovizna intermitente que le permitía a los vendedores incrementar el valor a las ruanas de plástico: primero a dos mil, luego a tres mil, después a cinco mil. Cuando la lluvia ya no fue, las capas volvieron a costar los mismos dos mil pesitos.

Ingresar al estadio nos costó casi una hora de tiempo. A las afueras de El Campín un cartel enorme y la punta de un escenario monumental, anunciaban la dicha. Superados los primeros dos anillos de seguridad y una requisa habitual, por lo extrema, la emoción de volver al estadio para presenciar un concierto se hizo tangible al encontrarme de frente con las escalinatas para ver la cancha adornada con miles de sillas de plástico, dos pantallas enormes a cada lado del escenario y centenares de personas buscando su lugar.

Cuando llegamos a nuestros asientos la amargura ya los ocupaba. Lejos como temíamos que sería, la desazón fue mayor al encontrarnos de frente con una torre de sonido mal ubicada que no nos permitía ver absolutamente nada de lo que pasaba en el escenario. Nada. Y no sólo a nosotros sino como a 20 o 30 personas más. La visibilidad, insisto, era nula. La situación era insultante y amarga. La molestia nuestra, que no la de los demás era notoria e iba creciendo. Después de hablar con auxiliares de la policía y operadores de logística en busca de una solución adecuada, fue la empresa encargada de la boletería quien se puso al frente de nuestras quejas, que ya sumaban varios solidarios.

Luego de media hora o una eternidad, un funcionario de dicha empresa llegó, se sentó en mi puesto y no vio nada. O sí, una torre de sonido mal ubicada. Enseguida tomó una decisión que fue comunicada en clave por radioteléfono a alguien más para luego avisarnos que nos reubicaría. De los treinta primero armó un grupo con las ocho personas más perjudicadas, entre ellos nosotros. Ante la noticia, el hombre fue abordado por preguntas que lo fastidiaron de inmediato; él, mientras bajamos a la gramilla, con aire sobrador espetó, palabras más palabras menos, que quien no quisiese seguirlo bien podría quedarse en la silla que le correspondía y no ver nada.

Caminando, caminando, fuimos acercándonos hasta la localidad más cara del concierto: Gramilla V.I.P. Allí, a la entrada del sector B, el tipo les comunicó a los encargados de logística que las dos filas vacías serían ocupadas por nosotros. La amargura no vino entonces. Minutos después de volver a sintonizarnos con el momento que vivíamos antes del asunto aquel, Wolfie y yo nos sentimos muy afortunados y, por qué no, recompensados. Después de 19 años de espera, sólo algunos minutos y algunos metros nos separaban de la dicha.

Encontrarnos allí con Nanda y Juan Diego, anfitriones de esta bonita web, casi al pie de nosotros, me permitió descargar la emoción de lo acontecido hasta entonces. Mientras tanto, un collage de canciones e imágenes del protagonista de la noche fueron dando paso a una brillante constelación de estrellas en forma de ese clásico bajo Höfner tan suyo. Segundos después allí estaba él: Paul McCartney. 69 años, zurdo, más de cuarenta discos grabados, el beatle, el escritor de canciones más popular de todos los tiempos y  toda una leyenda sobre sus hombros. Bastó que hiciera su aparición sobre el escenario para que las treinta mil almas presentes se rindieran ante sus pies, ante su obra, ante su historia y pagáramos la deuda.

Primero ‘Magical mistery tour’, enseguida ‘Junior’s farm’ y ‘All my loving’ y ‘Jet’ hasta dar con ‘Let me roll it’ y sentir que todo en la vida adquiría sentido y valía la pena vivirlo y es perfecto. Pero no hubo tiempo para detenerse en ello, porque el cancionero más vital del siglo XX seguía sonando con John, George y Ringo asomando en las pantallas y Macca tocando con una banda en estado de gloria. ‘My valentine’ y ‘Maybe I’m amazed’ hicieron de las suyas y el tiempo volvió a detenerse en complicidad con la memoria, pero había que seguir, como siempre, aunque cada canción me obligara a mirar atrás para darme cuenta que la felicidad también es una estatua de sal.

La primera sorpresa de la noche se llamó ‘Things we said today’, y me reveló que algo no iba del todo bien; del set-list, más o menos habitual, esperaba ansioso o ‘I’ve just seen a face’ o ‘I’m looking through you’ pero esta canción me remitía directamente a los conciertos de McCartney a comienzos de los años noventa y a la siguiente sorpresa de la noche: ‘Hope of deliverance’, el regalo para los presentes. Menos para mí que esperaba lo que esperaba. Pero en honor a la verdad y a pesar de que “por culpa” de ‘Hope of deliverance’, ni ‘I’ve just seen a face’, ni ‘I’m looking through you’ se hicieron presentes; ser testigo de ese momento único en que Paul McCartney y todos los miembros de su banda cantaron y tocaron guitarras, casi improvisando ‘Hope of deliverance’, después de 19 años de mantenerla guardada en el cajón del olvido, mereció el trueque.

La suma del café, la cerveza y la coca-cola que me tomé a lo largo de la tarde, y el frío, me impusieron una necesidad inesperada que resolví mientras todo El Campín cantaba ‘And i love her’ y yo los observaba con gracia. Después las lágrimas de Wolfie en ‘Blackbird’ terminaron de confirmarme que no estábamos soñando, o mejor, que estábamos cumpliendo un sueño. Justo enseguida pensé en lo efímero y voraz del tiempo y en cómo cada canción que canta McCartney consigue detenerlo por instantes.

Paradójicamente, cada canción me empujaba hacia adelante, a bailar al ritmo de la mandolina en ‘Dance tonight’, a recordar a Lennon en la voz quebradiza de de su compadre cuando cantó ‘Here today’ y casi enseguida a Harrison en su pequeña gran versión de ‘Something’ con el ukelele, después a llamar a mi padre y cantarle vía telefonía móvil ‘Ob-la-di, ob-la-da’, a delirar en ‘Band on the run’ y a confirmar que ‘A day in the life’ es la mejor canción de todos los tiempos pero que siempre preferiré ‘I’ve got a feeling’. Y así, casi sin darnos cuenta mientras centelleamos juntos ‘Live and let die’ y babeamos pop supremo en ‘Hey Jude’, Paul Mccartney, mago y actor de primerísima clase, puso fin a su primer acto magistral.

En medio del frenesí de los dos últimos actos, más cortos en duración pero no en intensidad, Paul McCartney, alias Dorian Gray, desparramó amor en diferentes dosis de los Beatles. Por primera vez en mi vida me dejé empalagar con ‘Yesterday’ y di las gracias sin que ‘Helter skelter’ me diera tiempo para arrepentirme. Y al final… ya todos lo sabemos, el amor, siempre el amor. Sólo se trata de eso.

A la salida, los vendedores buscaron deshacerse de cada souvenir mientras los abrazos, los brindis y la alegría del después se confundieron en medio de las emociones y las sensaciones de todos. Los músculos de la risa, algo atrofiados por tantas sonrisas durante casi tres horas, tardaron en devolverme mi gesticulación habitual.

El corazón jamás se repondrá. Las palabras jamás serán conjuradas de forma precisa para expresar todo aquello que fue. Este árido intento así lo demuestra. Alguna vez me regalaron la palabra inefable. I can’t tell you how i feel…

Paul McCartney – My Valentine / Maybe I’m Amazed

Paul McCartney – Live and Let Die

Paul McCartney – A Day in the Life / Give Peace a Chance

Paul McCartney – Hope of Deliverance

Paul McCartney – Helter Skelter


por:
abr 23, 2012

Comentarios