Textos

Gustavo Cerati: Lo terrible del mar es morir de sed

Hace unos cuatro años tenía el corazón roto y sólo escuchaba Bocanada. Oía “Engaña” y cantaba (frente al ventanal nos pusimos a jugar a decirnos la verdad) . Oía “Puente” y pensaba en él (cruza el amor, que yo cruzaré los dedos). Oía “Raíz” y pensaba en nosotros, (nuestro amor nunca podrán sacarlo de raíz).

Mi corazón se restauró y se hizo más fuerte. Tiempo después escuché el Siempre es hoy. Oí las primeras líneas de “Altar” (Suena como el viento y decidí borrar el tiempo) y resolví que era la letra más hermosa que había escuchado jamás. Que así debería escribir. Es más, así intenté escribir un poema que comenzaba “Mineral y fragmentada” y que fue destrozado en un taller literario por esteticista. Oí “Sudestada” y pensé, una vez más, que era la letra más hermosa jamás escrita (Del día que nació en tu boca, de un nuevo temporal que estalla, Afuera mis entrañas, afuera sigue en calma). Pensé que en esas palabras se cifraba lo que estaba sintiendo. Mis ansias, mis ganas, mis miedos, mi todo. Escuchaba como mi vida era cantada.

Tiempo después volví a Bocanada y descubrí “Aquí y ahora”. Mi corazón se hizo más fuerte y sanó del todo mientras pensaba en los primeros tres minutos en los que se hizo el universo. (Sé pequeño, sé una gota en el jardín, sigue el curso de agua que nos lleve a donde nunca fuimos, por senderos que se bifurcan, por mundos paralelos, en los primeros tres minutos se hizo el universo). Mi vida, nuevamente se hermanaba a una canción. Mis ganas de fluir, de olvidar, de comprender el mundo a partir de pequeñas partículas.

Después me medio enamoré, pero no sabía si era amor lo que sentía. Entonces ponía “Colores santos” (Te extraño en las tardes, quizá no es amor lo que me hace buscarte) y cantaba y cantaba hasta que se me olvidaba que en esas tardes extrañas mi corazón nuevamente se partía en mil pedazos.

Tuve también una etapa Soda Stereo en donde me encantaba pensar en mis aventuras “Un millón de años luz” (y cuando el mundo enmudece y las promesas engañan, nos revolcamos en el jardín por donde nadie pasa), un poco en parte a Andrés que se moría por Tele-k (Déjalo ser, déjalo sacudirse bien. No hay trampa en esto) y que me enseñó a bailarla.

Este texto lo escribí hace un año. Decía: ahora canto “Lisa” todo el tiempo (Lisa tiene un amor de ultramar, brilla en la oscuridad. Su sabor a la primera vez, le hace volver a aprender a respirar) porque me parece solemne, lenta, callada. Así me siento. Otros días canto “Cosas imposibles” (Au, au, a) y bailo sola.

Es extraño que alguien cante la vida de uno. Es como si un gran amigo musicalizara las anécdotas, como si siempre se estuviera en la compañía de un viejo conocido y de su música. Lo triste es que ahora casi no lo escucho a él, está refundido entre las canciones de mi atunes, porque a veces recuerdo que está tendido en una cama y que no volverá a escribir y ya no quiero escuchar esa música bella. Porque él fue el que me tentó y me invitó a escribir sobre mis vivencias. Y si no fuera por él no habría escrito ese desastroso primer poema. Y no estaría escribiendo esto. Y no estaría recordándolo con el fervor adolescente del primer amor. Y no estaría cantando sus canciones y recordando lo que era. Lo que era él y lo que era yo. (Hoy te busqué en la rima que duerme con todas las palabras).


por:
Ago 12, 2011

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