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Bioplaylist: la música de nuestras vidas (1)

bio

Antes no trabajaba en mi cuarto sino en un cuarto pequeño al lado de la cocina. Ahí tenía mi estudio casero: un controlador midi, una interfaz de audio, un micrófono PG 80 y un PC que terminó quemándose. El sonido salía por un equipo de sonido que todavía uso, pero que las fiestas reggaetoneras han sabido desconar con tanto pump. Por el mic se metía a veces el ruido de la corriente eléctrica y las grabaciones, naturalmente, no resultaban del todo bien.

Cuando recuerdo estar escuchando música en ese lugar de inmediato vienen a mí nombres como el de Elvis Costello, The Smiths, la canción de la perra Laika de Mecano y Glenn Branca, un compositor de obras espectrales, monstruosas, ruidosas, con miles de guitarras superponiéndose y generando muros imposibles de sonido. A mi mamá, desde luego, le rayaba los nervios la música del tipo y un día, cocinando, me gritó que lo quitara. Discutimos luego sobre el hecho en la mesa y así surgió la primera verdadera conversación sobre estética, o algo así, que mantuvimos. Al recordar aquél pequeño cuarto también pasa por mi mente estar con mi amigo Mauricio aprendiendo algunas de sus canciones y aprendiendo a unir nuestras voces en esas baladas ochenteras que él tanto disfruta y que a mi todavía me gusta cantar también.

Recuerdo que en algún momento me llamó mucho la música hecha exclusivamente a partir de la manipulación de palabras. La obsesión la inició una obra electroacústica que ví en el 2008 de un compositor mexicano cuyo nombre nunca memoricé. El tipo recitaba y destruía un poema de otro autor; lo dejaba irreconocible; todo lo que conservaba de él era la pura sonoridad de los fonemas. Fue una revolución en mi vida darme cuenta que la música es un fenómeno sonoro tan amplio como lo es el espectro de los sonidos perceptibles por el oído. Las notas pasaron a ser tan solo una opción.

Fito Páez fue uno de mis ídolos y seguramente el músico al que mas escuché entre los 16 y los 17 años. Cuando quiero recordarlo con cariño pienso en una canción maravillosa, con una armonía fascinante, con una letra pop, una batería electrónica y una mezcla mal hecha que le concede un encanto indescriptible. Toma coca-cola a las 6 y cualquier cosa toma a cualquier hora. Años después el tipo ya me tenía harto y borré todas sus canciones. No he vuelto a bajar ninguna. (Hoy pienso en todos esos chicos alternativos de mi edad que lo amaron pero que lo esconden como un secreto bochornoso. Los entiendo, es inútil que pretendas brillar con tu historia personal, canta el flaco Spinetta parafraseando las enseñanzas místicas del indio Don Juan).

Caminando por mi barrio a los 19 años con un Discman, cuando los Discman ya eran obsoletos, me sentía como el ser más anormal sobre la tiera. Como una especie de bicho maltrecho extraído de un cómic japonés. Tenía todo el hambre de escuchar música extraña y entre más extraña mejor. Pero no podía abandonar la necesidad de relacionarme emocionalmente con la música como siempre lo hice, a través de las melodías. Björk, que canta canciones hermosas y las llena de ruidos anormales, que es una freak que llora, grita, se suena los mocos y hace milagros al frente del micrófono, era mi diosa de adolescencia. Todavía me eriza la piel.

(Hace poco pensé en otro Freak: Ted Zancha, un veterano de guerra al que una banda contemporánea maravillosa de Math Rock llamada Maps & Atlases le dedicó una canción que no me puedo sacar de la mente. Les dedicaría un post entero y posiblemente lo haga).

(Se me van los años enloquecido con veteranos de guerra, ídolos electrónicos, indígenas y adictos, misterios, duraznos en el suelo, alucinaciones, nubes deformándose en el cielo y ventanas encendiéndose en una noche de invierno).

Luego llegó el 2010. Todo el mundo hablaba de bandas indie y a mí muchas me pasaban de un oído a otro sin dejar la menor huella. Una mañana, en enero, enguayabados y alistándonos para ir hacer el montaje de un concierto en el centro, mi amiga Bibiana puso a sonar a un grupo en el que cantaba un tipo cuya voz odié y cuya música no me interesó mucho. Lo que no sabía es que del rechazo surge el recuerdo, y esa voz de barítono, alcohólica y profunda nunca se fue de mí con los meses. Bueno, la banda era The National. Cuando acepté que permanecían en mi mente, grabados con furia, bajé el Boxer y lo demás es historia. Pocas veces escuché letras más hermosas.


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nov 27, 2010

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