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St. Vincent: ¿Cómo escribir sobre la tristeza?

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Con la tristeza viene algo de incomodidad. Algo de sentir una inmensidad en la melancolía, que el cuerpo sencillamente no puede contener. La tristeza se desborda, le da tres vueltas a la cabeza, paraliza los miembros del cuerpo, frunce el ceño y llena los pensamientos con monstruos grandes y peludos, con fantasmas que atormentan y que hacen que no dejemos de pensar en aquello que nos inquieta, que nos habita, que nos pone triste. La bilis negra.

Algo así pasa con la música de St. Vincent, un maremagnum de incomodidad, de extrañeza que no se deja precisar y que hace que escribir sobre ella sea bastante difícil.

Su nombre: Anne Erin Clark. Su stage name: St. Vincent. Sí, San Vicente. Un seudónimo que no solo apela al inquietante imaginario religioso católico, sino que tiene un referente claro: el Saint Vincent Catholic Medical Center, el hospital en donde murió el poeta Dylan Thomas en 1953. Cuando se le pregunta ella no duda en responder: “Es es lugar en donde la poesía muere. Esa soy yo”.

Su historia: Nació en Dallas, tiene 26 años, toca varios instrumentos (lo que hace que en todas sus reseñas aparezca el fastidioso adjetivo de multi instrumentalist, como si se tratara de un one girl -o mejor, one saint- band), compone todas sus canciones, intentó estudiar en Berklee pero se retiró, hizo parte del Polyphonic Spree, abrió el tour de Sufjan Stevens, ha compartido cuartos de hotel con My Brightest Diamond y créditos en canciones con Bon Iver. Siente una fuerte atracción hacia las cosas inquietantes, que dan miedo, que incomodan y así son sus canciones. Suenan como la banda sonora de algo que no está del todo bien.

Para hacer su segundo disco, Actor (2009), Clark declaró que se había inspirado en sus películas favoritas. Que en el proceso creativo pensaba como sería si ella hubiera hecho la música original de Blanca Nieves, de Stardust Memories (también conocida como Memorias de un seductor, de Woody Allen) o de Badlands (de 1973, protagonizada por Martin Sheen sobre dos adolescentes asesinos que protagonizan un cuento de hadas sociopático).

Y sí, sus canciones tienen esa atmósfera extraña que sólo se logra orquestando en la cabeza la música que le iría bien a Blanca Nieves si decidiera transformar el bosque en la célebre cafetería de Pulp Fiction. La dulzura de los instrumentos de viento, acompañada del dramatismo de las cuerdas, de unos beats electrónicos que recuerdan a Massive Attack y una guitarra eléctrica que irrumpe en la mitad de todo esto y que comienza a dar alaridos.

Marchas de guerra que combinan elaborados arreglos, sonidos pop y voces corales que cantan pequeñas historias de desesperación, de Playboys encontradas debajo de la cama de un novio adolescente, de extraños que son Capricornio, de deseos que ni siquiera diecisiete duchas frías podrían sacar del cuerpo, de tristeza desbordada y de dramatismo exacerbado que se matiza con la dulce voz de St. Vincent, con su macabro sentido del humor, con su extrañeza y con su manera tan particular de no entrar en el molde.

Una de sus canciones se llama “Laughing with a mouth full of blood” y eso es exactamente lo que ella hace con su música. Se ríe con la boca llena de sangre, después de una noche horrorosa de peleas, de dar vuelcos en la cama y no dormir, de matar la poesía. Se ríe de todo eso como si no le importara ni cinco que su música encarnara un poco mi tristeza.

St. Vincent – Marrow

St. Vincent – The Strangers


St. Vincent – The Bed


por:
Mar 30, 2010

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