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夢, de Ulfuls (o la teología del loop)

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Con la esperanza de que me despidan, le he confesado varias veces a los editores de Modernois que la música no es lo mío y por tanto no tengo nada serio que decir al respecto. No es lo mío porque no me interesa como otras cosas. La música no es algo a lo que le dedique tiempo. Es, más bien, algo que me pasa. Con la música siempre me estrello en accidentes sangrientos que me mutilan o me crean nuevos grados de libertad en articulaciones que yo creía completamente agotadas. Y es como en esos accidentes de película grabados desde adentro del carro: de la cotidianidad diaria a la violencia brusca del golpe que transforma el espacio; una camioneta verde a toda velocidad salida de Dios sabe dónde, no importa, que simplemente no puede frenar, me lleva con ella y me arranca los dientes. Y lo peor es que yo me dejo llevar. No opongo mayor resistencia. La música no me interesa, pero cuando me toca, me transforma. Casi nunca entiendo la naturaleza de esos choques. Casi nunca sé explicar por qué una canción me lleva y otra no. Diría que es la letra pero usualmente me toma mucho tiempo entender la letra de las canciones. Es fácil dejarse llevar por la música. Muchas veces, incluso, es la música misma, más allá de la letra, la que conmueve. O eso parece. En ocasiones es necesario oirlas muchas veces antes de poder entender por qué siempre fue importante. Y entonces, armada de nuevo valor, es imposible dejar de oirla. Tal vez ese es el fenómeno más misterioso de todos: ¿por qué nos afecta tanto la música? ¿por qué se siente a veces tan a dentro? ¿por qué cada cierto tiempo encontramos una canción que quisiéramos repetir infinitas veces? ¿por qué, en fin, ciertos loops nos emocionan o reconfortan?

Me gustaría proponer en esta entrada una teología del loop. No lo voy a hacer, no tengo cómo, pero les daré una idea de lo que sería. Para empezar propondría el paralelismo obvio entre loop y mantra y luego lo destrozaría: el mantra sirve para escapar, el loop para congelar el tiempo y no dejarlo pasar, para reforzar el presente. El mantra sirve para liberarse y el loop para anclarse. Hablaría del efecto emocional del loop: mientras en las oraciones decimos lo que desearíamos, en los loops le pedimos a alguien más que nos diga la verdad mejor de lo que jamás podríamos hacer nosotros mismos. El loop no es un ejercicio de contacto con la divinidad. No queremos hablarle a la divinidad sino albergarla, que nos bata el cerebro y nos reitere tantas veces como pueda por qué nuestra vida es como es o por qué no es cómo debería ser. Hay loops felices y loops tristes. Hay loops que se inician inadvertídamente, colándose entre cada tres o cuatro canciones, y de repente se toman los días. Hay loops que sirven para cerrar cosas y otros que impiden que se acaben nunca. Hay loops que me recuerdan quién soy y dónde estoy.

Hace poco tomé un avión donde repetí una canción más de treinta veces. Eso me dice mi iPod, al menos. Me dormía oyendo la canción y me despertaba y la canción seguía ahí. Es una canción que le oí cantar a una amiga. Hasta hace poco no sabía qué decía. Ahora creo que lo entiendo mejor. No sé bien para qué me sirve pero no se va. Es una canción buena. Me parece una canción feliz aunque en realidad es terriblemente triste. Me parece feliz porque me acuerda de días felices. La letra no importa un comino. Esta entrada, lo admito, es un intento fallido de justificarme y explicar por qué sigo oyéndola sin parar.


por:
Mar 22, 2010

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