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Massacre, marca registrada

massacre

Estabamos en Córdoba, en un hostel medio decadente en las manos de un par de protohipsters de la ciudad. Parecía una casa de arrochelados. Un brasilero en constante huída que aseguraba haber sido una promesa del futbol hasta su lesión, un mochilero que se vino echando dedo desde la patagonia, un mancito que un día, mientras iba en el bus en Buenos Aires, se dió cuenta de que su vida no valía la pena y cogió tres camisetas hacia ningún lugar. Y nosotros tres. Todos, esa noche, sentados a la mesa entre la malísima cerveza argentina, sus egos y sus cosas. Oyendo música y esperando sorprendernos los unos a los otros.

“La culpa es de tango feroz”, dijo mi amigo, mientras cuestionaba ese extrañisimo devenir del rock argentino que en Colombia suena en la forma de la bohemia insufrible del café cinema. Vino caliente, peche, Fito Páez…y entonces uno de estos hombres nos mira con cara de indignación, se levanta, saca un disco de carátula roja y antes de que yo pueda decir “no repitas cromagnon” él ya se ha apoderado del equipo de sonido y a partir de ahí, de nuestos sentidos. Massacre, el grupo nominado a banda revelación en MTV que, al igual que pasó con el cuarteto de nos cuando ganaron ese mismo galardón, ya lleva alrededor de 20 años sonando. Estamos hablando de uno de los grupos mas importantes del sonido argentino contemporáneo, en el que lo que más se conoce en nuestro país sea tal vez Catupecu Machu, que por cierto hacen un muy bonito cover de “plan B: anhelo de satisfacción”, la marca registrada de Massacre.

Es díficil no dejar que esa música nos atrape, nos envuelva en sus riffs y nos condene a su hipnotismo. Es dificil, sin embargo, no sentir el halo melancólico que tienen las canciones, aún aquellas cuyas letras parecen tan distantes de cualquier exploración subjetiva, de cualquier acercamiento emocional, que solo hablan de zombies o invasoras amazonas o reinas de marte. Debe ser que de eso se trata, de esas emociones que se esconden, no se nombran pero ahí están, corriendo escondidas por debajo del sonido, determinando la relación que se puede establecer con él.

Mi historia en ese hostel termina con un pasaporte, un discman y 200 dolares robados, aunque nostros preferimos recordar ese momento de comunión en el que entre las cervezas, alguien nos abrió la puerta a un horizonte sonoro que nos ha enganchado desde entonces.

Massacre – Plan B

Massacre – Orquídea Blanca


por:
Nov 18, 2009

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