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La selva contemporánea

Igor StravinskyHasta hace un par de años decidí que tenía sentido poner cuidado en las clases de la universidad por la sencilla razón de que las densas y en ocasiones inconducentes discusiones giraban alrededor de música que, sorpresivamente, si resultaba estimulante para mis oídos. Las palabras de los profesores de teoría y armonía pasaron de ser un murmullo vago sobre una nube musical indeterminada a ser un punto de vista, quizá no el más interesante pero un punto de vista al fin y al cabo, sobre un universo sonoro que resultó ser apasionante y diverso, el universo de la mal llamada música académica. Aunque mi relación con la música del clasicismo (Hydn, Mozart) fue tortuosa y difícil, mi relación con la de otros periodos, en particular con la música del siglo XX, se volvió estrecha. Al decidirme por la ruta de la producción de música popular y no por la ruta de la composición académica tomé la mejor decisión posible en lo que respecta a mi relación con la música “erudita”: mantuve una distancia saludable y amigable, no la hice cómplice de mis pesadillas profesionales sino una influencia secreta, una zona de descanso y de eterna inspiración. Así pues, mi relación con compositores como Morton Feldman, György Ligeti, Anton Webern o Igor Stravinsky, entre otros, nunca difirió de mi relación con estrellas como Michael Jackson o los Beatles. Al igual que en la obra de éstos y muchos otros exponentes de la música popular, encontré toda la heterogeneidad de la que es capaz el lenguaje musical: a la fascinación colorida e infantil de la introducción del ballet Petrushka de Stravinsky se oponen las reiteraciones frías y contemplativas del For Philip Guston de Feldman. A la brevedad cerebral de cada movimiento del cuarteto op. 28 de Webern se opone el desenfreno maquínico y alucinante del Continuum de Ligeti. Generalmente sin partitura en mano, aunque no hay nada de malo tampoco en tenerla, intenté entender de qué se trataba el asunto un poco, traté de descifrar que quería decir la música, y sobre todo, disfrutarla a mi manera. Para esto fue necesario ser paciente y sobre todo escuchar una y otra vez, hasta que el sentido empezó a aparecer por sí mismo.

El mundo de la música “académica” del siglo XX está lleno de personalidades extrañas: desde Jonh Cage (budista zen, coleccionista de hongos y escritor incendiario de profesión) hasta Conlon Nancarrow (quien tras luchar en la guerra civil española y ser expulsado de estados unidos por comunista se recluyó años enteros en México a escribir música para pianolas automáticas), encontré millones de anécdotas e historias de vidas muy particulares que incrementaron mi curiosidad por escuchar los sonidos que nacían de aquellos extraños trayectos vitales. Me encontré con música pulverizada, rota, cuyas fuerzas internas son llevadas al extremo; música que hace uso de la disonancia, del ruido y del silencio; que no está hecha necesariamente para conmover o entretener en el sentido tradicional del término sino para explorar los alcances de los materiales sonoros mismos, para obtener resultados que pueden resultar deformes y difíciles al oído: asistí al momento en que la música restablece sus propias reglas con cada composición. No considero sin embargo, que se trate de música para especialistas: cada cuál puede construir su relación con ella como le plazca, y cualquier crítico, académico o profesional que intente imponer una vía única de escucha falla en entender que la comprensión de los sonidos es suficientemente diferente según cada caso, como son distintas las personas que habitan el mundo.

Me gusta pensar en esta música como la selva, de noche: lista para que entremos en ella con los oídos abiertos, a manera de linternas.

(Petrushka, Introdución).

Aquí apreciamos la música del primer Ballet que el compositor ruso Igor Stravinsky (Oranienbaum, 17 de junio de 1882 – Nueva York, 6 de abril de 1971) escribió tras su traslado a París en 1911. La orquesta en mi opinión adquiere un brillo y color alucinantes: es música entretenida y conmovedora por donde se le mire. Años después, en 1913, el compositor estrenaría en la misma ciudad el ballet “La consagración de la primavera”, famoso no unicamente por sus logros musicales sino por el revuelo que generó entre los espectadores el día de su estreno: la cosa terminó entre puño limpio, patadas y policia, producto de un público perplejo ante una música que no esperaba encontrar.  A continuación veremos otra faceta del gran Igor, quien al parecer no era tan acartonado como se espera de un académico de su talla:

Igor Cowboy!

Piano and String Quartet (1985)

Arriba tenemos un fragmento musical de Morton Feldman (Nueva York, Enero 12, 1926 – Septiembre 3, 1987), uno de mis compositores favoritos. A pesar de ser un hombre gordo y grande que tenia que sentarse de ladro frente al piano para poder tocarlo sin que la barriga se interpusiera, su música es ligera y llena de espacio, casi como a punto de desaparecer. Gustaba de escribir obras grandes, de hasta 6 horas de duración, en la que no existían picos dramáticos ni momentos que pudieran distinguirse especialmente entre sí. Para muchos un tedio, para otros un momento único de instrospeccióm y belleza pura.

John Cage (Los Ángeles, 5 de septiembre 1912 – Nueva York, 12 de agosto 1992), es quizá la figura más incendiaria y extrema de la música “académica” norteamericana del siglo pasado. Su trabajo despertaba enormes odios pero su creatividad como artista era innegable, legando una obra gigantesca en la que reflexionó siempre sobre la definición misma de la música y el sonido.  Era además, una máquina de producir frases célebres y proferir risotadas enigmáticas, como se aprecia en el siguiente video:

Mi mamá lo vió, sonrió, y se mostró a favor.


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Jul 13, 2009

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