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DeVotchKa: la banda de todos los pueblos del mundo

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De Devothcka puedo decir que es un grupo musical. Traté de escribir algo más decente y para eso me puse en la tarea de armar un playlist, extraer los sonidos, las influencias, los temas, las texturas. Quería escribir acerca de los discos que grabaron y del soundtrack precioso que hicieron para Little Miss Sunshine. Quería contarles de su gira, de sus inicios y del origen de su nombre. Pero entonces las palabras no jugaron a mi favor y la tarea se hizo imposible. Entonces lo que había empezado como una reseña terminó convirtiéndose en la historia de un encuentro tan improbable como la simple existencia de un grupo que suene así. Espero que con esto baste para ilustrar la experiencia.

Celso Piña y Emir Kusturica son peatones en una ciudad cuyo nombre no importa pero que puede ser cualquiera. A los dos les gusta la música y por esa precisa razón, cada uno en medio de su itinerario, resulta atraído a entrar a curiosear en una tienda de instrumentos. Mismo día, misma hora. Estando los dos adentro, sin reconocerse, la historia necesita que todo personaje en la tienda, incluído el propietario y ese estudiante sueco que le ayuda a limpiar el polvo a los teclados y alguna cosa más, desaparezca por alguna razón. También es necesario que ocurra algo inexplicable que cierre las puertas, que baje las persianas, que bloquee al mundo exterior, que le impida al par de artistas su regreso a la vida normal.

En estas condiciones es fácil creer lo siguiente: Kusturica, no muy talentoso intérprete o músico, es poseído por los espíritus de cada uno de los miembros de la No-Smoking Orchestra y algún guitarrista punk borracho. Tras este misterioso suceso espiritual y luego de que Celso le dé unas lecciones de acordeón, se dan cuenta de que entre los dos saben tocar, más o menos, todos los instrumentos que se encuentran repartidos por el lugar.

Y entonces se ríen y empiezan de la nada a hablar un idioma en común, parecido al español pero no tanto. Y tocan. Y entre canción y canción hablan y se dan cuenta de que tienen más en común de lo que parece. El yugoslavo le cuenta de su parte de Europa y de sus viajes por Grecia, Rumania y Suramérica. El mexicano le habla de la frontera con Guatemala y de la frontera con los Estados Unidos, de lo que se logra ver desde ahí abajo a través de esa ventana, cerrada, hacia el primer mundo. Entre una historia y otra, entre un cigarrillo y otro, entre una botella de licor desconocido encontrada en una guitarra y otra, se emborrachan y escriben y graban un montón de canciones que dan como para seis discos. Piña quema los cds en el laptop de Kusturica y este diseña las portadas usando Gimp y las imprime. Le quedan bonitas.

Al final, producto de la lucidez única que sólo puede tener un par de borrachos mal afeitados, logran salir. Caminan un par de cuadras en zig-zag y se tiran en un andén por donde pasa gente que venía medio dormida en el metro. Ponen los seis discos sobre el poncho de Celso y a los cinco minutos ya han vendido el 100% de su espontánea obra discográfica, juntando lo suficiente para una comida decente. Entran en el primer lugar que ven abierto y ya acomodados, piden cervezas y acompañan con pizza. La de Kusturica es de pollo con champiñones y la de Piña, por supuesto, hawaiana.


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Jul 13, 2009

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