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Cœur de Pirate (y ciertas dudas naturales que ustedes, espero, sabrán entender)

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Aquí entre nos, la razón cero para interesarse por ciertas cantantes es que se ven buenísimas en las fotos. Aunque a veces parece que se ven buenísimas porque cantan bien. No es claro. Eso debe ser algo que la psicología evolutiva es capaz de explicar. ¿Por qué cantar bien es sexy? Es algo importante, crucial incluso. Explica la mitad de la dinámica del mercado musical. Explica también cierta cara que todos debemos hacer cuando vemos por primera vez una foto de la canadiense (et québécoise) Béatrice Martin (alias Cœur de Pirate) y concluimos horrorizados (después de Dios sabe cuántos malos y no tan malos pensamientos) que tiene tiernos doce años. Ya se imaginarán la cara: desconcierto, molestia, duda, incomodidad y, finalmente, culpa. No es fácil, les cuento, reponerse. Lo digo por experiencia. Lo digo aún a riesgo de que me miren mal y digan “¡Cómo se atreve!”. Lo digo y aclaro que Modernois® no aprueba lo que quiera que yo piense ni me apoyaría en un juzgado por cargos de pederastia (negaría, incluso, mi vinculación a esta página). Por un par de días cuesta mirar a los ojos a la gente. Por un par de semanas uno buenamente considera pedir una cita con la renombrada terapista argentina y discutir con ella y sus piernas esta atracción incomprensible, inaceptable. ¿Estoy enfermo, doctora? ¿Hay algo mal conmigo? ¿Soy feliz? La culpa es terrible. Es como un mugre que no se puede quitar por más jabón que se eche, pero uno sigue dándole al jabón para ver si algo merma hasta que al final incluso arde: la muchachita, tenga la edad que tenga, está como quiere, como me dijo Juan Diego Velasco cuando le pasé la foto (Aclaración: Juan Diego en realidad dice “cagona”). Por fortuna wikipedia dice que en septiembre cumple veinte años (lo que a las luces de cualquier legislación sensata me salva), pero la culpa no se va del todo porque no importa lo que diga wikipedia Béatrice Martin (alias Cœur de Pirate (por favor disculpen la mala elección de su nombre artístico)) tiene cuerpo de dieciseis, cara de ocho, brazos tatuados de cocainómana fina de treinta y dos y mi absoluta y completa atención.

Algunas canciones de Béatrice son tristes pero parecen canciones infantiles, lo que es perturbador y, si se piensa un poco, doblemente triste. Béatrice toca el piano desde que tiene tres años, para envidia de los que empezamos y terminamos (trágicamente) a los siete. Béatrice tiene unos tatuajes coloridos en los brazos que son difíciles de aceptar pero por alguna razón no me repugnan del todo. Será porque no están tan mal. Será porque son suyos. Béatrice tiene voz de persona grande pero no del todo lo que cuadra perfecto con la imagen que tiene. Es como si TODO se complementara muy bien en Béatrice, incluyendo hasta el nombre que suena al principio clásico y al final reminiscente de cierta sex symbol de mi adolescencia: una pelirroja pecosa que le gustaba dar besos, abrazar y bailar sin música en los corredores del colegio. Yo —ejem— tenía la fortuna de ser su víctima favorita.

Béatrice, de verdad, canta, y tal vez sea injusto presentarla de esta manera, como un sucio objeto del deseo de un adolescente de treinta y tantos años. Béatrice, para convencerme, no necesitó más que una canción. Con esa, Comme des Enfants, los dejo.


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jul 27, 2009

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