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Velandia por la trocha

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Velandia dice y no dice, y su voz carrasposa y profunda lleva consigo la imagen de un camión andando por carretera destapada, levantando polvo, en un día de sol sofocante. El conductor va agarrando trocha de Bucaramanga hasta Lebrija, oyendo radio a todo volumen, distorsionando la señal, dañando los parlantes, haciendo más insufrible aún el calor santandereano. Va pisando el acelerador bien duro y por el camino ve burros, niños, viejos ebrios, piñas saliendo del suelo y las nubes que cambian de forma por el camino. Y va cantando: del policía que le aprieta el cuello a un traficante de aguacates, de un hombre despechado quemando el amor de una mujer ida, de un señor-pájaro que hizo del camino su casa, que vive en el páramo y en el litoral, que es fuerte y se bate con quien se le venga por delante. Cantando de las borracheras más tremendas y de la ganja que crece del suelo y de vez en cuando alucinando entre sonidos extraños, difíciles, herméticos como el sonido metálico y regular del motor caliente cuando está prendido y listo para el viaje. La voz carrasposa y profunda no se detiene, se riega en palabras como se riega la calle en sonidos de viento, máquinas y personas.

Velandia hace música extraña: a la voz profunda la rodea una banda que toca y no toca rock and roll, que avanza entre unos ritmos perfectamente inclasificables. El bajo y la batería suenan como un trueno y un órgano de juguete empuja notas incoherentes. El trombón y la trompeta llaman a la guerra y a la fiesta, mientras el computador manda secuencias electrónicas que hacen levantar la ceja tanto como las letras de las canciones. Velandia hace música extraña: hace de las palabras exactamente lo que él quiere. Su música me hipnotiza: descubro en ella siempre cosas nuevas. Pareciera no querer agotarse nunca.
Velandia y la tigra – La Cuña


por:
Jun 22, 2009

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