
Emilie Simon es a primera vista sólo una cara bonita. Si yo entendiera algo del francés de las entrevistas que he podido encontrar de ella, podría talvez decir que es muy inteligente o que tiene un humor delicioso. Tristemente casi todo lo que sé de ella se limita a lo musical. Y con la música que hace, a veces me alegro de no entender lo que dice. Eso de alguna manera hace de elemento cómplice en pro del feeling extraterrestre de los arreglos electrónicos o los pequeños gestos que hace con la voz. Tal vez son esos detalles los que hacen que muchos entendidos la lleguen a comparar con Björk.
Emilie es francesa como Camille, Edith Piaf, Napoleón y el inspector de la pantera rosa juntos tomándose fotos en la punta de la torre Eiffel (no confundirse por su nombre aparentemente anglosajón o la letra de la canción posteada). Tiene encima tres discos: el primero, uno muy nuevo y el del medio, que es la banda sonora del documental La Marcha de los Pingüinos y que es absolutamente fantártico.
Este disco está armado con una serie de sonidos y canciones como sacados del congelador, que van de maravilla con la calidez del pingüino promedio y que son un perfecto acompañamiento musical en las mañanas bogotanas más frías. A este disco pertenece la canción elegida para este post.









